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miércoles, 31 de marzo de 2010

Dime cómo saludas y te diré quién eres

“La imagen también es cuestión de tacto: Una mano blanda refleja falta de carácter y seguridad”

Está comprobado que en el mundo de los negocios saludamos en promedio a más de cinco personas al día; este número aumenta si tu profesión son las ventas o tienes trato directo con clientes. Todo el tiempo la forma en cómo saludas comunica a los demás tu personalidad y carácter. De ahí la importancia de saber cómo saludar correctamente y evitar proyectar una mala imagen.

Pero, ¿qué tipo de saludos existen y qué comunica cada uno de ellos?

a) Saludo mano de pescado Este saludo es perfectamente recomendable si deseas proyectar nerviosismo e inseguridad. Se logra fácilmente al humedecer (generalmente por el sudor) las palmas de las manos y semejar que es un pescado que se resbala por la mano de nuestro interlocutor.

b) De princesa Este tipo de saludo es más frecuente en las mujeres, aunque en la práctica uno que otro hombre despistado lo hace. Este tipo de saludo es recomendable cuando quieres comunicar que nadie te merece y esperas el reconocimiento de todos. Se logra cuando únicamente ofreces a tu interlocutor la punta de tus dedos como lo haría una princesa.

c) El triturador Este tipo de saludo es el mejor para todos aquellos que desean proyectar agresividad e intimidar a su interlocutor con sólo triturar su mano al ejercer más fuerza de la debida al momento de estrechar la mano.

d) Sandwich Este tipo de saludo es ideal para comunicar que te gusta invadir el espacio íntimo de la otra persona sin pedir permiso. Es un gesto de mucho afecto que sólo se permite entre viejos amigos. Lo logras al abrazar con tus dos manos la mano de tu interlocutor a modo de hacerle sandwich.
¿DONDE ESTOY YO?

Erase una vez un hombre sumamente estúpido -un loco o quizás un sabio- que, cuando se levantaba por las mañanas, tardaba tanto tiempo en encontrar su ropa que por las noches casi no se atrevía a acostarse, sólo de pensar en lo que le aguardaba cuando despertara.
Una noche tomó papel y lápiz y, a medida que se desnudaba, iba anotando el nombre de cada prenda y el lugar exacto en que la dejaba.

A la mañana siguiente sacó el papel y leyó: "calzoncillos..." y allí estaban. Se los puso. "Camisa..." allí estaba. Se la puso también. "Sombrero..." allí estaba. Y se lo encasquetó en la cabeza. Estaba verdaderamente encantado... hasta que le asaltó un horrible pensamiento: -¿Y yo...? ¿Dónde estoy yo?. Había olvidado anotarlo. De modo que se puso a buscar y a buscar.... pero en vano. No pudo encontrarse a sí mismo.